Cuatro, tres, dos, uno? No es la previa del lanzamiento de una nave espacial en Cabo Cañaveral. Tampoco es el número de botellas de champagne Pommery que consumió el legislador Roberto Palina en la exclusiva ciudad de Punta del Este, ni los minutos que tardó el capitán italiano para abandonar el barco que encalló. Son los días que quedan para partir de vacaciones después de un enero bastante agitado.

El recambio está ahí. Comienza a notarse. Empezaron a regresar los afortunados que eligieron el primer mes del año 2012 para descansar. Los cuerpos bronceados y rostros frescos se distinguen sobre los que parecieran haber habitado en un freezer por la blancura de su piel y por el tamaño de sus ojeras.

Los veraneantes de febrero ya sueñan con el descanso. Sin embargo, hay que ahorrar energías para afrontar el último obstáculo que separa de la línea de partida. Es tan duro como aguantar el mal humor de los que no se fueron o el mensajito "qué linda está la playa" que llegó al teléfono celular en la undécima hora de trabajo.

El último tramo puede ser tan o más estresante que los 31 días de enero juntos. El seno familiar está exaltado. La patrona y los hijos insisten con las compras de último momento. Ropa, bronceador, baldecito, pañales, coche, tabla, ojotas, sombrilla, leche en polvo, conservadora y la lista no termina más. Para colmo, todo eso debe entrar en la menor cantidad de valijas posibles para poder cargar al auto que recién fue afinado por el mecánico que tardó más de lo previsto en realizar su trabajo.

Es mucho, quizás demasiado. Es lo justo y necesario para disfrutar de las vacaciones sin teléfonos, sin urgencias y sin obligaciones. No habrá Pommery, pero sí mucho descanso para afrontar los próximos 10 meses de trabajo. ¿Tantos serán? Ufa. No hay que volver más.